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Carnavales en Buenos Aires: La alegría es porteña

IDEALPOLITIK | 14 de febrero de 2018
Por: PAOLA RODRÍGUEZ

Los carnavales de la Buenos Aires colonial tienen que ver de alguna forma con las fiestas cristianas, con antecedentes como la cuaresma. Sin embargo, esta conmemoración católica se mezcló con las fiestas paganas, convirtiéndose en días de desenfreno que poco tienen que ver con lo religioso.

En cada rincón de Argentina los carnavales fueron tomando características propias y regionales de acuerdo a la asimilación de cada grupo poblacional. Por hoy, dejaremos de lado los llamativos e increíbles festejos del litoral y Norte argentino.

En la época del Virreinato, los carnavales de la zona del puerto de Buenos Aires fueron motivo de disputa entre un sacerdote y el Virrey José Vertiz, de origen mexicano, el cual dio autorización para festejar el carnaval.

Esta decisión provocó el disgusto del sacerdote más importante de Buenos Aires, el Prior de la iglesia San Francisco, quien enojado envió una carta a su Majestad Carlos III para que intervenga en tamaño asunto público de mal gusto con costumbres que alejaban a la gente de la fe cristiana.

Vertiz le contestó la carta al Rey muy serenamente, diciendo que si se podían hacer en España, también se podían festejar aquí. Este virrey no veía diferencia entre la metrópoli y sus colonias. Finalmente, el Rey autorizó los carnavales pero pidió que sean adecuados a la tradición católica. Lo que escandalizaba a la iglesia era la forma de festejo, porque eran sumamente violentos: se jugaba con huevos de ñandú y de gallina que se rellenaban con agua o con perfume, se podría decir que estos son un antecedente de la bombita de agua que nos recuerda a nuestra infancia en el barrio.

También se usaban las vejigas de los animales y en los bajos de Buenos Aires los negros festejaban el carnaval con tambores y colores. Pero el Virrey Nicolás Antonio Arredondo prohibió todos los juegos de carnavales. El 19 de septiembre de 1788 el Cabildo recibió un informe del procurador general de la ciudad de Buenos Aires en el que lamentaba que se le haya permitido a “la multitud de negros libres y esclavos que hay en esta ciudad hacer sus tambos y bailes a los extramuros de ella, en contravención de las leyes divinas y humanas”.

En la época de la revolución se restablecieron los carnavales, pero tomaron otra forma. Solo estaban permitidos para los sectores más pudientes los bailes en los teatros, y en los bajos, actual San Telmo, bailaban candombe los negros que aún tenía Buenos Aires y que se fueron perdiendo, entre otras circunstancias, por las guerras.

En la época de Juan Manuel de Rosas, el carnaval volvió a ser una guerra de agua, y bastante sexista: las mujeres tiraban baldes de agua desde los balcones, y los hombres respondían tirándoles más agua; también, los jinetes entraban a las casas coloniales arriba de sus caballos. Por tal motivo en 1836, Rosas tuvo que dictar un reglamento: “En las casas que se jueguen desde las azoteas o ventanas debe mantenerse la puerta cerrada para evitar el ingreso de jinetes, y queda prohibido a los jinetes entrar a las casas”.

En 1844, como no se pudo controlar el desenfreno del carnaval con esa norma, en parte porque los policías también jugaban con las damas, Rosas terminó prohibiendo el carnaval. Dicha medida fue muy criticada por Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi; el padre de la educación y el creador de la Constitución Nacional eran defensores y parte del carnaval rioplatense.

Alberdi era un enamorado del carnaval y hasta llegó a escribir una canción para la comparsa del momo en 1835, la cual sonaba con ritmo de candombe y decía así: “Salud y dicha dulce porteñas, vuelve a nosotros el carnaval, fuera melindres…”. Como respuesta a las críticas de los párrocos y a la clase alta argentina, Alberdi escribió: “Gracias a Dios que nos vienen tres días de desahogo, de regocijo, de alegría. No sé tampoco por dónde quiera sacarse el juego de carnaval contrario a la moral y al buen tono. No sé cómo puede perderse en tres días una moral, que cuenta doce meses, menos los dichos tres días. Ni que fuera de cristal la moral para romperse de un huevazo... Ningún obstáculo encuentro para no librarse con franqueza al juego de carnaval. Por mi parte, no puedo menos que aconsejar a las personas racionales y de buen gusto, que corran, salten, griten, mojen, silben, chillen, a su gusto a todo el mundo, ya que por fortuna lo permite la opinión y las costumbres que son las leyes de las leyes....”(Alberdi,1838).

Otro amante acérrimo del carnaval era Sarmiento, al cual se nos hace difícil imaginarlo jugando con huevos de agua, sin embargo nos deja esta expresión de afinidad en los tiempos en que fue presidente: “Recién llegado a Buenos Aires, me fui a ver el corso. La primera persona que encontré fue un ex ministro de relaciones exteriores. Llevaba muy serio de la brida un petiso encajado con flores, en que estaba sentado su hijito de cinco años disfrazado de salvaje. Desempeñaba esa misión con tanta gravedad como si hubiera redactado un protocolo, y la cosa parecía sumamente natural a todos. El presidente de la República acertó a pasar en coche descubierto y lo mojaron hasta empaparlo. El presidente, el ex ministro, el chiquitín y los concurrentes se destornillaban de risa. El presidente aquél era Sarmiento... (...) ¡Qué hombre de Estado ni qué niño muerto! En aquel momento, el presidente había tirado su presidencia a los infiernos. Sentado en una carretela vieja que la humedad no pudiese ofender, abrigado con un poncho de vicuña, cubierta la cabeza con un sombrero chambergo, distribuía y recibía chorritos de agua, riéndose a mandíbula batiente”. (Testimonio de Alfredo Ebelot, 1969).

En 1910 el teatro Colón fue testigo privilegiado de los carnavales, porque en ese año se pagaba entrada al teatro para jugar al carnaval. Comenzaron los días en que las clases sociales se olvidaban de sus estancias, sus comercios y sus negocios por tres días y solo reían. Con el tiempo los carnavales fueron cambiando, pasando de huevos de gallina a bombitas de agua, y el candombe fue migrando a la murga.

Cada barrio porteño empezó a destacarse por su carnaval, pero lo que no se perdía era el espíritu de alegría, expresado en risas y gritos, de olvido de prejuicios y males, traducidos en la sensación de que por tres días se vuelve a jugar como niños. Solo la dictadura volvió a prohibir el carnaval: la alegría popular desaparecía al igual que miles de personas, estudiantes universitarios, militantes políticos. (www.IDEALPOLITIK.com.ar)

 

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