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Los submarinos alemanes: Un imperio de acero y fuego en las profundidades

IDEALPOLITIK | 16 de octubre de 2017
Por: SABINO MOSTACCIO

La guerra submarina fue una de las mayores innovaciones aportadas por el siglo XX al arte militar. Y pocos destacaron como los marinos alemanes. Los ensayos de tecnología submarina se remontan a fines del siglo XVIII, y a fines del siglo XIX, el imperio alemán, hasta entonces rezagado en la investigación de esa tecnología, empezó a sacar provecho de la misma.

Al principio, el plan alemán, de la mano del Káiser Guillermo II, era crear una gran armada de superficie para competir con Francia y Gran Bretaña, aprovechando la pujanza de la industria naval alemana. Los alemanes casi equiparaban en número a la flota británica para 1914, pero el estallido de la Primera Guerra, exhibió los límites de la flota imperial, la Kriegsmarine y las debilidades de su dotación. Pese a tener cruceros tecnológicamente avanzados, sus marinos estaban menos adiestrados que sus enemigos anglo-franceses, y el abastecimiento de combustible fue todo un problema, siendo que Alemania carecía de petróleo y que el bloqueo de sus puertos, desde los primeros días de la guerra, dificultaba su comercio exterior y la conexión con sus colonias de África y Asia, dónde se había dispersado algunas unidades de la flota.

Tras su derrota frente a la flota británica en las batallas de Malvinas (1914) y Jutlandia (1915), el almirante en jefe, Alfred von Tirpitz (1846-1930), cambio la táctica, decidió apostar a la lucha submarina, acuartelando los restos la maltrecha flota de superficie. Los nuevos submarinos, dotados de cierta tecnología y de tripulaciones avezadas, empezaron a hundir sin piedad las flotas mercantes enemigas, dañando el comercio británico y amenazando los abastos de sus tropas en Europa. También, lograron extender su rango de acción a áreas del planeta como las costas americanas o japonesas, vitales apra el comercio de las potencias aliadas. El aspecto polémico de esta táctica fue la agresión a navíos de bandera neutral, básicamente estadounidenses  y latinoamericanos, que causaron resquemores entre Alemania y algunos países como Argentina, Brasil y Estados Unidos. Los dos últimos esgrimieron esta táctica, entre otros motivos, como casus belli para ingresar a la guerra en 1917.

Tras la derrota alemana, en 1918, los países aliados impusieron duras condiciones a los vencidos, entre ellas, la entrega de gran parte de su flota y la destrucción de sus submarinos. Los alemanes no acataron esta disposición y hundieron sus propios buques antes de entregarlos a los vencedores, o los traspasaron a terceros países como la naciente Rusia comunista. Pese a que el Tratado de Versalles impuso un duro desarme a Alemania, este último país violó muchas cláusulas del mismo durante los años 20, desarrollando en secreto tecnología naval con la Unión Soviética y Suecia.

Con la llegada de Adolf Hitler al poder, empieza en 1933 el rearme alemán, incrementándose la dotación de efectivos y el presupuesto de las fuerzas armadas. Él Fuhrer en particular estaba muy interesado en el potencial del arma submarina. Se introdujeron mejoras a la flota de la mano de los almirantes Raeder y Donitz. Al estallar al Segunda Guerra mundial, mientras los ejércitos terrestres de Hitler barrían a sus enemigos, la flota vio poca acción, pero con el fracaso del intento de invadir las Islas Británicas en 1940, Alemania eligió una guerra de desgaste, estrangulando el comercio británico y dañando sus bases navales, como la escocesa Scapa Flow, que a fines de 1939 ya había sido seriamente dañada por los ataques de submarinos alemanes.

Hitler y sus almirantes diferían en la táctica a emplear. El primero deseaba aniquilar antes la flota militar, mientras sus jefes navales preferían matar de hambre al enemigo atacando su comercio. En 1943, Hitler se decide por la última táctica y entrega un enorme presupuesto a la flota submarina, pero los pedidos de sus almirantes, de más dotaciones, no pueden llevarse a cabo ante la asfixia económica del Tercer Reich que empieza a Eder terreno a sus enemigos. Por si fuera poco, los submarinos alemanes pierden parte de su ventaja cuando los Aliados descifran su código de comunicaciones secreto, “Enigma”, y se quedan sin el factor sorpresa. Los Aliados empiezan a construir sus propios submarinos y a copiar ciertas tácticas alemanas.

Hacia 1945, el imperio nazi se derrumba y la Armada, o lo que queda de ella, goza de enorme confianza en el gobierno alemán. Karl Donitz (1891-1980), ha ganado la confianza de Hitler y se ha hecho con la Armada tras depurar cierta oposición al régimen. Donitz pretende que el Reich resista fuera de Alemania, en alguna isla del báltico o de Escandinavia, y si el plan falla, empezar negociaciones de paz con los Aliados. En abril de 1945, antes de su ¿muerte?, Hitler designa al almirante su sucesor en la Presidencia de Alemania, y será este el que presida el derrumbe del Reich y la derrota final. Donitz capituló el 8 de mayo de 1945. Algunos submarinos alemanes huyeron y se entregaron a otros países, como Argentina y España, y en su huida, trasladaron a varios jerarcas del régimen y sus tesoros para poner en marcha el plan de contingencia inicialmente previsto por Donitz y Hitler-

La Kriegsmarine desapareció hasta 1955, cuando la entonces República Federal Alemana se remilitarizó, y muchos veteranos de la guerra volvieron a servicio activo. Pero los submarinos germanos, “los lobos grises”, ya había entrado en la leyenda hacía tiempo. (www.IDEALPOLITIK.com.ar)

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