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La triste derrota de la “Armada Invencible”: El principio del fin de la hegemonía española

IDEALPOLITIK | 24 de julio de 2017
Por: SABINO MOSTACCIO

Hacia 1588, Felipe II, rey de España (1556-1598), podía presumir de ser el mayor monarca de la cristiandad. Los dominios que había heredado de su padre, y que el agrando con nueva conquista, se extendían por tres continentes, contenía a 40 millones de habitantes y fabulosas riquezas. España pasaba por un enorme florecimiento cultural, fruto de la buena administración del rey y sus consejeros. Su ejército no tenía rival en tierra y su armada era poderosa.

Si bien Felipe había sido educado para ser rey desde el principio, como hijo mayor del Rey Carlos y de Isabel de Portugal, debió enfrentar retos y conflictos que amenazaban su posición. Desde la epopeya de la batalla de Lepanto en 1571, donde frenó el avance otomano por más de un siglo, hasta la sangrienta guerra de guerrillas contra los rebeldes moriscos del sur de España, atrincherados por años en la sierra de las Alpujarras; desde la lucha contra los secesionistas protestantes de los Países Bajos, hasta la culminación de la conquista de América (hacia el final del reinado de Felipe el imperio colonial español llegó a su máxima extensión) y las islas Filipinas. A todos estos retos el rey respondió con sagacidad y energía.

Pero le quedaba un hueso duro de roer, Inglaterra, gobernada por Isabel I (1558-1603), de la Casa de los Tudor. Ferviente protestante, la reina era foco de inspiración para los protestantes holandeses y germanos opuestos al emperador, además de auspiciar campañas de corso contra las flotas españolas en América. Felipe apoyó junto al papa Sixto V un intento de golpe de estado en Inglaterra, donde el duque de Norfolk, noble católico, pretendía destronar a Isabel y coronarse rey junto a la reina escocesa María Estuardo, prima de la reina inglesa ya liada de España. El fracaso de la intentona lo llevó a planear la invasión a las Islas Británicas.

Se reunió una poderosa flota de 130 buques y 30 mil hombres, que debía ayudar a cruzar a ejército que el príncipe Alejandro Farnesio tenía en la actual Bélgica, una vez fuera destruida la flota real británica (pequeña por aquel entonces). Originariamente debía comandar la expedición el experimentado marqués de Santa Cruz, pero su muerte hizo que el rey l reemplace por el inexperto Duque de Medina-Sidonia. El 22 de julio de 1588 las naves zarparon rumbo al Canal de la Mancha, confiando en una fácil victoria. Pero en las escaramuzas producidas en el canal, los españoles no lograron ningún triunfo táctico y los ingleses ganaron tiempo para reforzar sus defensas costeras.

Por si fuera poco, los rebeldes holandeses bloquearon los puertos necesarios para el reabastecimiento de la flota, que no pudo enlazar con el ejército de tierra e intento un infructuoso bloque de los puertos ingleses, desbaratado por las fuertes tormentas y la resistencia de los navíos corsarios ingleses. Tras circunnavegar forzosamente en su retirada, las islas de Britania, sus restos desvencijados volvieron a España a fines de septiembre de 1588, para humillación del monarca, que pasó su última década de vida rumiando una venganza que no llegaría y viendo las primeras grietas en su eterno imperio. (IDEALPOLITIK.com.ar)

 


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