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La Era Meiji, un nuevo sol para Japón

IDEALPOLITIK | 3 de julio de 2017
Por: SABINO MOSTACCIO

La Era Meiji (1868-1912), coincidente con el reinado del emperador japonés Mutsu-hito (el cual siguiendo la tradición adoptó el nombre imperial de “Meiji” o rey ilustrado), marcó la entrada de Japón a la modernidad. El país, largos siglos aislado de Occidente, emprendió una carrera a toda prisa para ponerse a la altura del mundo moderno occidental, pero sin renegar de lo esencial de su cultura e idiosincrasia.

El emperador contó con la inestimable ayuda de una generación de samuráis progresistas provenientes del sudoeste y norte del país, muchos de los cuales fueron ministros en su gobierno. Era vital para este propósito fortalecer las fuerzas armadas, el sistema educativo, la administración pública y la economía del país. Se buscó el asesoramiento de expertos y técnicos occidentales para instruir a los funcionarios japoneses, lo cual tuvo un éxito notable.

La primera reforma fue la política-militar. Se abolieron antiguos feudos, tras la derrota del shogun Tokugawa, y las antiguas provincias quedaron repartidas en prefecturas, a cargo de un gobernador nombrado por el gobierno imperial y con una asamblea popular electa por notables de cada región. Los antiguos samuráis que habían cooperado en la Restauración del poder imperial recibieron títulos de nobleza similares a los europeos y fueron integrados en el Concejo Privado, además de recibir cargos militares y rentas jugosas, para mantener su lealtad. Luego, se reorganizaron las fuerzas armadas sobre la base de un ejército nacional, y en 1873 se decretó el servicio militar obligatorio para los japoneses mayores de 20 años. Este nuevo ejército fue instruido por oficiales alemanes y alcanzó gran profesionalismo. La Armada tomó el modelo británico. Esto culminó con el dictado de la constitución de 1889, que instauró una monarquía parlamentaria.

El sistema educativo se puso bajo control del Estado y se organizó con el molde anglosajón, siendo obligatorias la enseñanza primaria y secundaria desde 1872, y en 1877 se funda en Tokio la Universidad Nacional, que con el tiempo se volvió una de las más prestigiosas del mundo. Siguiendo multitud de academias y colegios privados destinados a la nobleza y la clase alta, que adoptaron las modas y costumbres occidentales.

La reforma economía implicó crear un sistema financiero moderno, dirigido desde 1882 por el Banco de Japón, un banco central autónomo y fuerte, el establecimiento del Yen como moneda nacional y la creación de la Bolsa de Valores de Tokio. El país se industrializó rápidamente gracias al apoyo estatal y la cooperación extranjera, además de que el ahorro acumulado por generaciones permitió al capital japonés volcarse a la inversión productiva. Ferrocarriles, telégrafos y desde 1885 teléfonos, permitieron al país igualar el desarrollo industrial de Occidente para el año 1900.

Un nuevo Japón debía ser un país fuerte y respetado, y por ende se requería una política exterior dinámica y más agresiva. El nacionalismo japonés que se aglutinó en la figura del emperador, considerado un ser divino por su pueblo, no tardó en crear u frenesí imperialista. Y así Japón mostró sus músculos expandiéndose por la vecindad asiática. Desde la ocupación de la isla de Formosa (actual Taiwán) y de las Kuriles (quitadas a China y Rusia respectivamente, hasta la anexión de Corea y parte de la Manchuria china en 1910, pasando por la humillación que el imperio del Sol Naciente infligió a la poderosa Rusia en la guerra de 1904, el Japón consiguió su lugar en el concertó de las grandes potencias, y se convirtió en faro para los nacionalistas asiáticos, musulmanes y africanos sometidos al imperialismo europeo.

Se renegociaron en 1911 los acuerdos que las potencias europeas y Estados Unidos le habían impuesto al pueblo japonés desde 1850, y los cuales eran ampliamente favorables a su comercio, y desde ese año se garantizó la igualdad de los japoneses con los extranjeros, que pasaron a estar sometidos a la justicia japonesa, que copió el modelo inglés y francés.

Cuando el emperador Meiji fallece en 1912, el Japón que llora su perdida es muy diferente al que encontró en su juventud. Una nación moderna, potente y respetada en el mundo, con un gobierno eficiente y un nivel de libertad y desarrollo que hasta supera al de muchos países de Europa. Nada de esto hubiera sido posible sin el apoyo de los estrategas samuráis Takamori Saigo, Okubo Tochimichi, Hirobumi Ito, Takayoshi Kido y otros más, que lograron el milagro japonés de construir una nación con traje moderno y progresista, pero a la vez preservando la costura de la milenaria tradición y modo de vida japonés, el cual sobrevivió y subsiste aun en la modernidad.

El Japón habrá de pasar duras pruebas y catástrofes en las décadas siguientes que pusieron a prueba el constructor de la Era Meiji, con avances y retrocesos. Y acabada la Segunda Guerra mundial se desmantelaron pilares del sistema como el poder militar y la jerarquía absoluta del emperador, pero el país sobrevivió para levantarse de nuevo. Y aun es palpable la gratitud de los japoneses a la generación que hizo posible que por primera vez la tierra nipona levantara la cabeza en el mundo moderno. (IDEALPOLITIK.com.ar)

 

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