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La Guerra del Pacífico: Tres naciones en la encrucijada de la historia

IDEALPOLITIK | 19 de junio de 2017
Por: SABINO MOSTACCIO

La Guerra del Pacífico, que enfrentó a Chile contra Bolivia y Perú entre 1879 y 1884, fue una de las contiendas más grandes y sangrientas en la historia de América, y una epopeya triunfal y amarga a la vez, plagada de nobles ejemplos de heroísmo y valor, pero también de crueldad y ambición desmedida. Aun hoy se discuten las causas de la guerra, y los antiguos contendientes se echan culpas reciprocas y se pasan aun la factura, más de cien años después. Es que la guerra dejó heridas que no cierran.

Veamos. Como saldo de la guerra, Chile, el vencedor, duplicó su tamaño y anexó las provincias de Tacna (posteriormente devuelta al Perú), Arica y Tarapacá. Bolivia perdió su salida al mar, a través de los puertos de Antofagasta e Iquique (hoy en suelo chileno) y el Perú, tierras ricas en guano y salitre, y debió resignarse a que Chile ejerciera por décadas el dominio del comercio marítimo en el Pacífico Sur.

Hay consenso general acerca de que los yacimientos de guano fueron el detonante. El guano servía para fabricar salitre, sustancia útil como abono, fertilizante y para la fabricación de explosivos. Por ende, codiciado por las naciones industriales de Europa y los Estados Unidos. Y los dos vecinos norteños de Chile poseían los mayores yacimientos mundiales. Chile no había cuestionado nunca los derechos peruanos y bolivianos sobre la región del desierto de Atacama, que desde tiempos coloniales y en los primeros días de la Independencia se atribuía al Virreinato del Perú. Ni siquiera tras su victoria fulgurante en la Guerra Peruano-boliviana de 1837, donde en alianza con la Confederación Argentina, Chile derrotó a las tropas del mariscal boliviano Andrés de Santa Cruz, que quería dominar el comercio del Pacífico y de los Andes.

Para 1874, Chile era un país en auge, gracias a la solidez de su sistema político, en contraste con inestabilidad de sus vecinos, y comenzó a participar del negocio salitrero a través de la Compañía de Salitre de Antofagasta, en su mayoría de capital inglés y chileno, y con casa matriz en el puerto de Valparaíso. Ese año se firmó un tratado de amistad y comercio con Bolivia, similar a uno firmado con Perú en 1862. Muchos chilenos se trasladaron a suelo boliviano, donde escaseaba la mano de obra en la costa en busca de trabajo en las salitreras, hasta constituir en la zona, la mayoría de la población joven.

Todo iba en calma hasta que el presidente boliviano Hilarión Daza, apremiado por la crisis económica, dispuso cobrar impuesto a la extracción de salitre, lo cual según los accionistas chilenos violaba el tratado bilateral. Estos pidieron apoyo a su presidente Aníbal Pinto (1871-1881), el cual protesto por el arancel y reclamo respeto a las empresas chilenas. La negativa boliviana provocó la movilización militar chilena y la ocupación del puerto de Antofagasta en 1879.

Bolivia consideró esto un acto de guerra y se movilizó. Pero el conflicto se expandió cuando Chile le declaró la guerra a Perú al tener noticias de la existencia de un tratado de alianza militar anti chilena entre los peruanos y Bolivia. Chile planteó dos estrategias: primero, el bloqueo naval de los puertos peruanos y luego, el avance por tierra en dos columnas, por el desierto de Atacama y por la costa del Pacifico, hasta confluir en las afueras de lima. Plan audaz para los limitados recursos militares de Chile.

La guerra marítima nos trae los nombres de los héroes chilenos Arturo Pratt y Luis Condell, y del almirante peruano Miguel Grau. El primero se sacrificó con su tripulación en el combate de Iquique, para dividir la flota peruana y descomprimir la presión sobre las tropas de tierra. Condell hundió el buque insignia de la flota peruana, el “Independencia”. Y Grau, además de azotar los puertos chilenos, tuvo gestos dignísimos como repatriar prisioneros sin rescate y honrar los restos del capitán Pratt con honores. El mismo perdería la vida en combate frente al chileno Condell, al frente de su monitor “Huáscar”.

En tierra, destacarían el boliviano general Eduardo Abaroa, héroe de la defensa de Calama, y el coronel peruano Francisco Bolognesi, defensor del morro de Arica, fortaleza que resguardaba el acceso al suelo peruano por la costa pacífica. Ambos cayeron con sus hombres y pelearon con bravura. También, el general peruano Andrés Avelino Cáceres, quien con sus partisanos obligó a los chilenos a abandonar gran parte del suelo peruano. Y para Chile, fue el general Manuel Baquedano el estratega que condujo a la victoria final, con el gran planificador civil Rafael Sotomayor, ministro de Guerra y padre del plan chileno.

Chile, con un frente interno homogéneo frente al caos político de sus vecinos, libró una guerra intensa, hasta que en 1884 se logró el armisticio. Perú y Bolivia padecieron la incompetencia de sus políticos, que no estuvieron a la altura del patriotismo de sus soldados y oficiales. En 1904 Chile anexó formalmente las tierras conquistadas y firmo el tratado de paz con Bolivia. A cambio, había cedido parte de la tierra conquistada, la Puna de Atacama, a la República Argentina. Y en 1929, con la mediación del presidente estadounidense Herbert Hoover, Chile y Perú celebraron el tratado definitivo de paz, por el cual se repartieron Tacna y Arica.

Hoy día, los ecos de la guerra no se han apagado y desde sectores nacionalistas de los tres países se agitan banderas viejas glorias y nuevos fantasmas, siendo el tema más candente la salida al mar de Bolivia o la falta de ella, agravado por la carrera armamentista de los 3 países desde hace 2 décadas. Quizá la Alianza del Pacifico, formada por Chile y Perú en 2011, y un renovado interés en al hermanadas de parte de las elites económicas de estos países ayude a refrenar instintos guerreros y ayude a que tantos héroes descansen en paz en las arenas del milenario desierto y del Mar Azul. (IDEALPOLITIK.com.ar)


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