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Monseñor Aguer, el eslabón perdido del oscurantismo y el conservadurismo

IDEALPOLITIK | 29 de mayo de 2017

El Arzobispo Metropolitano de la Arquidiócesis de La Plata no necesita mayores presentaciones. Él mismo se encargó de esgrimir, una y otra vez a lo largo de su carrera, frases célebres que lo pintan de cuerpo entero. Desde su concepción de la masturbación como “parte de un desenfreno animaloide”, a su afirmación de que la causa del aumento de los femicidios se debe “a la desaparición de los matrimonios”. Un representante, quizá el último aun ostentando un cargo oficial, de una parte del país que apuesta a los pensamientos retrógrados y a las propuestas autoritarias.

Durante su homilía en el último tedeum, el religioso afirmó que "En la provincia se impuso por ley un número mágico que hay que sostener”, en relación a la ley promulgada por María Eugenia Vidal que obliga a hablar de manera oficial de 30 mil desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar. Estela de Carlotto se apresuró a responderle, afirmando que Aguer “miente, fabula, inventa y el interés es convencer a sus feligreses de que lo que está diciendo es cierto y que nosotros somos mentirosas, y especuladoras de la muerte de nuestros hijos. Si estudiara sabría que son 30 mil, como lo han confesado los propios genocidas.”

Los medios en comunicación en general se hicieron eco de las palabras de Aguer, algunos ironizando sobre sus palabras y otros rechazándolas abiertamente. Ya ni Clarín sostiene sus frases, que queman como brasas ardientes en las manos de los editores. La Nación tituló “Ante Vidal, el monseñor Aguer criticó la ley provincial que obliga a hablar de 30 mil desaparecidos” y luego explicó el peculiar discurso del sacerdote. Algo similar ocurrió con Clarín, que afirmó que Aguer “Criticó una ley que establece ese número como oficial. También criticó que represores no se beneficien con el 2x1. Lo hizo ante la gobernadora Vidal.”

Estos exabruptos del arzobispo pueden interpretarse como un intento fútil de recuperar el poder que los sectores más conservadores de la Iglesia supieron tener décadas atrás. Visto en detenimiento, su rol de formador de opiniones se muestra tan cómico como el del Reverendo Alegría de los Simpsons, que una y otra vez se frustra en su intento de interesar al pueblo de Springfield en sus palabras. De un modo similar, el arzobispo pasea su poder simbólico por programas de cable de bajo presupuesto y ante el grupo, cada vez más reducido, de ancianas con quienes se junta a tomar el té los sábados a la tarde.

Aguer, que asiste anualmente a las reuniones sindicales de la ultraderecha peronista, pone a prueba su teoría masturbatoria al opinar de las bailarinas de Bailando por un Sueño, en una muestra de que “su conocimiento” no tiene límites, al afirmar que “hay récords notables de señoritas que cambian de novio cinco o seis veces al año. Y se supone que no se reúnen con ellos a leer la Biblia”.

Paradójicamente, entre sus más acérrimos rivales se encuentran los grupos de las juventudes católicas, que ven en personajes de este tipo “la verdadera razón por la que la gente no se acerca más a la Iglesia”. Estos grupos, que se identifican en las imágenes de Jorge Bergoglio y del Padre Pepe, encuentran que “aún existen pequeños grupos, en su mayoría gente muy mayor, que insisten en las viejas ideas. En las ideas que llevaron a que la Iglesia se vacíe. Son los tipos que, cuando descubrían a un cura pedófilo, no lo denunciaban sino que lo trasladaban de diócesis para tapar el asunto”.

Quizá sea por estas razones que el arzobispo rara vez sorprende a sus feligreses. No sorprendió cuando defendió la ley del 2 x 1 para los represores de la dictadura, del mismo modo que no sorprendió cuando rechazó el matrimonio igualitario y exigió que el presidente derogue “de inmediato” la ley que lo permite. Dicho sea de paso, el presidente aun no se enteró de la exigencia del religioso. Tampoco sorprendió cuando dijo que las palabras “Memoria, Verdad y Justicia” deben cambiarse por las de “venganza y rencor”.

Las palabras de Aguer son las de una Iglesia decadente, que se muere, que desfallece ante una corriente nueva, atenta y abierta a nuevos preceptos. Un eslabón perdido que intenta, en vano, unir preceptos retrógrados con las nuevas generaciones, que poco y nada tienen que ver con ellos.

Ha llegado, tal vez, el tiempo de una Iglesia católica nueva, plural y que, en palabras del PapaFrancisco, “muestre sus muchísimos carismas, que no son estancos sino vivos, y que evolucionan conforme evoluciona la sociedad”.

  (IDEALPOLITIK.com.ar)

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